Artículo Feria Linares
El santo no tiene que ser y no es de hecho un personaje
lejano, aislado, metido en un caparazón que le hace inasequible. ¡El santo! no
es un ser perfecto, desde que nace, al que no le cuesta vivir las contrariedades
del hoy, del cada día; al que no le cuesta progresar en la virtud. El santo
vive a nuestro lado y lo vemos caer, pero se levanta con prontitud, y lo vemos
luchar a cada instante para ser mejor, para agradar, para servir, para ofrecer
a los demás el semblante amable de la auténtica felicidad. ¡El santo! puede
ser, y lo es en muchos de los casos, tu vecino, nuestro vecino, puede ser
nuestro compañero de trabajo, nuestro amigo, nuestro hermano y si queremos, más
cercano aún, podemos ser nosotros mismos.
En esta línea de santidad: cercana, amable, atractiva,
contagiosa, en Linares tenemos un personaje que ya forma parte de nuestra
reciente historia, de un ser lleno de bondad, entrañable, amigo de sus amigos,
entregado en plenitud a la noble causa de un gran ideal. Para él alcanzar a
Cristo era una meta, una “empresa” fascinante, un deseo impetuoso.
Lolo con el sufrimiento supo esculpir una obra maestra,
se convirtió -a través del dolor- en artesano del amor, parecía tener el
carisma para ofrecer generosamente la perenne huella que el sufrimiento dejaba
en él. Dios con "despiadada crueldad” parecía cebarse sobre su hijo, predilecto
entre los predilectos, a él, a Lolo, -Dios- le pidió el holocausto permanente,
¡le pidió! cada día un poco más, hasta hacer de él un “Ecce Homo” en máximo
grado. Pero para que la santidad sea un hecho no solo se descubre lo que Dios
pide, sino también la calidad de la respuesta que se da, la suya -la de Lolo- fue
heroica. Lolo y Dios,
Dios y Lolo, llegaron a sintonizar en la onda del amor,
Dios pedía Lolo daba, Dios pedía más, Lolo daba más, era un perfecto
sincronismo, la compenetración más conseguida. Dios “aplastaba” a su amado hijo
y el hijo entendiendo el sabio lenguaje del amor Divino respondía prontamente,
diligentemente; el “hágase” brotaba con facilidad, porque
Lolo sabía que Dios siempre sabe más. Yo leí una vez que lo importante a la
hora de hablar de santidad -y de entenderla- no era el “yo hago” sino el “hágase en mí”, eso hizo María y siete
espadas de dolor inmenso atravesaron su alma, pero gracias a ello recibió la
excelsa corona de la maternidad Divina, eso hizo también Lolo y el aguijón del
sufrimiento fue una constante, permanente, en el panorama de su vida, pero
gracias a esto -son los caminos del Señor- esperamos podrá alcanzar en la tierra
la gloria de los altares, gloria que ya merecidamente habrá alcanzado en el
soberano Reino de su Rey y Señor Jesús.
Lolo ha sabido hacer, con su propia vida, un credo del
sufrimiento, del dolor y como testamento -sellado con su propia sangre- lo dejo
escrito
El dolor, para nuestro querido Lolo, era también “autopista”
para llegar a Dios y esto así mismo lo dejo escrito, para que grabado en
nuestra alma sirviera de estimulante bálsamo cuando la adversidad llegara a nosotros.
Siempre he pensado que el ser humano que entiende el
valor sagrado de la cruz, está más capacitado para descubrir el panorama de la
resurrección.
Por eso cuando el dolor se ofrece a Dios, no
resignadamente como si fuésemos víctimas de un infortunio desafortunado, sino
generosamente, la paz inunda el alma; esa paz era la que transmitía la vida de
Lolo, a su lado se respiraba el, aire puro de la concordia, a su lado se
dibujaba en el horizonte el rostro amabilísimo del gozo imperecedero. Para él
alguien escribió: “Un bravo para los hombres que unen”, cualquiera hoy podría decir:
¡ole!, al hombre que con la bravura –de castiza raza- que da la fuerza del
amor, ha conseguido remover el corazón de tantos hombres”, ha sabido unir fuertemente, construir una
cadena de solidaridad en la cual cada eslabón llevaba el sello de su dolor, de
su “hágase” incondicional, y eso no se rompe, nunca se puede destruir lo que se
construye sobre la robusta roca de una vida santa.
Su silla de ruedas es una muestra de cómo él sin andar
hizo camino, no hizo camino al andar, sino que como digo precisamente sin
andar, en el sentido físico, con su silla de ruedas fue capaz de recorrer el
inmenso firmamento que con Dios pudo descubrir, él pudo hacer miles de kilometros
por las “autopistas” de Dios, el rompió con su fe las ataduras de lo humano y se
introdujo en la indescriptible dimensión de un Dios que ama. Cogido a su silla
de ruedas descubrió la formula l de un corazón acelerado por el amor, el freno
de su silla de ruedas no podía frenar el caudal veloz de sus deseos de querer.
Lolo convirtió su silla de ruedas en el trono de su santidad personal. En la
peana, junto a él, podría aparecer “su silla” como signo de su identificación con
Cristo.
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Publicado en Diario Jaén el 28 del 8 de 1997