80    La “Ciudad” de los monaguillos.


En estos días Ibros se  convierte en faro, en antorcha, de mágico esplendor, y amanece cada día con una luz diferente, nueva. Los  niños son los protagonistas y el relevante hecho, que les da especial protagonismo, es el de ser monaguillos.

He dicho que Ibros se convierte en  faro, y he dicho bien, porque los niños --en donde estén-- son brillantes puntos luminosos, que orientan nuestras vidas y guían a buen puerto, nuestro tantas veces caminar incierto. Los niños son focos y antorchas que con la inocencia noble de sus infantiles actuaciones  le dan a los acontecimientos un aire muy especial

Jesús, que es el foco luminoso principal,  en un mundo que lucha: por salir de la oscuridad, por salir de la opresión de las tinieblas, dice: "Quien a un niño acoge, a mí me  acoge". O en otro momento dice también: "Que el que no se hace como uno de ellos no entrará en el Reino de los Cielos."

¡Que distinta es la filosofía del hombre a la de  Dios! El  -nuestro Dios-  pone en las manos del niño la llave que abre la puerta de todas las esperanzas; el Reino de los Cielos tiene  en el niño la contraseña primordial.

De ahí que esta Convivencia  de los  monaguillos  en Ibros sea una fiesta, sea un acontecimiento. Y lo es, porque allí los niños aprenden: cómo deben acercarse al altar de Jesús, como deben esmerarse  en el cuidado de las cosas del Señor, cómo  han de ser atraídos por ese caudal de amor que son los sacramentos. Ellos deben entender que Jesús es su amigo: más querido, más entrañablemente amado; es --ante todo-- el amigo que le ofrece --siempre--  el  rico tesoro de una sincera amistad: sin fisuras, sin engaños.

Es por eso por lo que  en estos días Ibros vive la fiesta de los niños, la fiesta de un futuro que será próspero,  en la medida que se pongan bien los pilares, los fundamentos, las raíces...  y esto es un gran pilar, un buen soporte, una gran obra.

Bueno es por lo tanto felicitar a esa villa de Ibros, abierta siempre ha iniciativas inauditas, llenas de entrañable sabor, y felicitar - como no- a su cura párroco: D. Juan, que busca siempre,  en su prolifera actividad eclesial, la gloria de ese Dios, al que el tanto ama.


                                                                                                   Publicado en IGLESIA En Andalucía          8 - 1998