65         EL VUELO DE UN ÁNGEL.

Quisiera que esta carta, escrita con el corazón, fuera un homenaje a una Andaluza que desde el anonimato supo vivir ofreciendo a los demás la bella flor de su preciada sonrisa y que desde Andalucía, a los 20 años, tuvo que emigrar a la eternidad, llevada de la mano del Hacedor Divino y acompañada del esplendor de un bello cortejo celeste. Y todo tan fugaz como increíblemente repentino. Para ella, lleno de emoción escribo:
La  muerte siempre es un sobresalto que nos sobrecoge, es un acontecimiento que sobrepasa nuestra capacidad de entender y nos sumerge en el interrogante de un existir incierto. La muerte es, mirando nuestro mundo desde la incredulidad, una vivencia nefasta, que nos hunde, en muchas ocasiones, en el hondo pozo de un desaliento que nos deprime y nos estremece. La  fe en Jesús no elimina el dolor, ni consigue que las lagrimas desaparezcan de nuestros ojos, ni que la humana tristeza nos sumerja en una melancolía que dificulta nuestro caminar; pero sí consigue desterrar: el desaliento, el desánimo ante lo inexplicable, la desesperanza. La fe nos da alas divinas para descubrir las maravillas de un cielo nuevo.
En estos días, llena  mi alma de dolor, he tenido que vivir la experiencia desgarradora del vuelo de un ángel. Porque yo se que Mary Trini  es ya un ángel y se también, con la firmeza de la fe, que ese ángel vuela, veloz, hacia el paraíso.
Pero ese ángel, bello ángel, lleno de juventud: 20 años, lleno de vida, lleno de hermosura, al irse, deja a sus padres con el amargo desaliento de la más absoluta de las soledades. Para ellos esa única hija era la  luz, en el tantas veces austero camino de la vida; era la esperanza; era el anhelante deseo de su pasión amorosa. Y es estremecedoramente triste devolver a la tierra esa flor, que de esa tierra nació por la fuerza impetuosa de un gran amor. Del amor de dos seres: un padre y una madre que la amaron,  y la siguen amando, con locura.
Mary Trini te has ido, pero no te olvides de dejar junto a tus padres, y  junto a tu novio, el áurea reconfortante de tú ya sagrada presencia, entrégales: tu paz, tu dicha, tu consuelo y tu amor. Ese amor tuyo que, ahora más que nunca, ellos tanto necesitan.
Y yo, desde aquí, ya, solo te mando un beso, el beso que deposite junto a ti el día que, con ansias de eternidad, levantastes --velozmente--, el vuelo. Era el bello vuelo de un hermoso ángel.


Publicada en Diario JAÉN       27 del 4 de 1998